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En esos días de diciembre, ya próximos a la víspera de Navidad, de pocos grados y muchas luces navideñas por las calles, acogedor calor de las chimeneas y anuncios televisivos de regalos en las casas, muchos de nosotros nos preguntamos:

¿Qué me gustaría regalar esas Navidades? ¿Qué le podría hacer ilusión recibir a mi pareja? ¿Y a mi hijo? ¿Y a mi sobrino? ¿Y a mi mejor amig@? ¿Y a mis padres? …”

Puede, incluso, que nos preguntemos si les va a gustar, si le parecerá algo original y novedoso o bien si resultará ser algo que ya poseen, que guardarán con cariño o que nunca les hará falta, a lo mejor.

Hace un par de días, tuve ocasión de cruzarme con el verdadero espíritu navideño, algo que quizás se está quedando siempre más a la sombra, a favor de una consola, de un iPhone, un iPad, un juguete o unos zapatos de marca, que reluzcan frente a los compañeros del instituto. Algo que va más allá del propio creo religioso y que se puede reconocer desde lejos, a primera vista: ya desde el primer instante está claro que se trata de algo especial, casi mágico. Algo que tanto las tecnologías, como el marketing sobre los bienes materiales y el consumismo navideño están apartando siempre más de los sueños de nuestros niños y de nosotros mismos. Algo que suele diferir mucho del imaginario común, de la percepción que tienen los pequeños de esas fechas tan especiales; algo que a menudo se queda sumergido bajo la excitación de los paseos por los centros comerciales a la búsqueda del regalo perfecto. En fin, algo que deberíamos plantearnos recuperar y cuidar, muchos de nosotros.

Encontré el verdadero espíritu navideño, decía, en los deseos de una niña de 9 años. En toda su sinceridad, ingenuidad y espontaneidad; dentro de una conversación entre madre e hija.

S: Sabes qué, mamá? Me gustaría que todos los días del año fuera Navidad.

M: ¿Por qué? ¿Por qué te gustaría recibir regalos todos los días?

S: No, porqué nos reunimos todos en casa y se puede hacer todo lo que no se suele hacer…es algo muy especial.

M: Ya, tienes razón…Por cierto, los abuelos y los tíos me preguntan qué te gustaría recibir por Navidad.

S: Pues, me gustaría recibir una carta.

M: ¿Cómo? ¿Una carta? ¿Te refieres quizás a un sobre con algo de dinero?

S: No, mamá…¡¿pero qué estás diciendo?! Me refiero a una carta, escrita por ellos…

S. empezó el mes pasado a preparar manualidades como regalos para cada uno de los componentes de la familia, trabajando en ello con pasión y constancia en los ratos libres, todas las tardes.

Por otro lado, no quiere recibir nada de juguetes, objetos, dinero… Lo que pediría S. por esas Navidades son unas palabras, una mirada de afecto, comunicación, tiempo…

Al pensarlo, es algo tan sencillo y especial que, al ser objetivos, es lo único que cada niño necesitaría por Navidad.

Si, porqué hoy en día, Navidad se ha convertido en esa época en la que se inunda a los niños y a las niñas de regalos. Cajas de colorines y paquetes que, muchas veces, no piden y ni siquiera necesitan.

Tenemos que recordar que, sea cual sea su entorno, un niño es siempre un niño: sigue las mismas etapas de evolución psicológica y tiene las mismas dificultades propias de dicha evolución. En esta perspectiva, las comunicaciones y las relaciones no verbales de su infancia serán claves para definir su futuro psicológico. Es a partir de esas relaciones que irá constituyendo, en una evolución continua que se viene a realizar día tras día, año tras año, su personalidad, su forma de ser, de sentir, de actuar y de reaccionar frente a los demás.

Todo un orgullo para los padres, pues, al darse cuenta de haber educado S. a los verdaderos valores de la Navidad, de haber logrado instaurar con ella una relación sana que sigue siendo un modelo de referencia en su vida y en su manera de pensar y de actuar en el mundo que le rodea.

¿Por qué no aprovechar esas Navidades para fomentar valores en los más pequeños? Os recomendamos hacerlo redescubriendo con ellos, por ejemplo, lo que son:

GRATITUD  –  GENEROSIDAD  –  SOLIDARIDAD  –  ALTRUISMO  –  EMPATÍA


Por otro lado, si posible, en esas fiestas disfrutad de la familia. O mejor aún….¡hacedlos disfrutar!

Os proponemos a continuación algunos consejos para empezar:

  1. Sonreíd
  2. Tened gestos de cariño
  3. Abrazaros
  4. Parad a pensar y resaltad cómo de bien os hace sentir el otro
  5. Regalad caricias, tanto verbales como táctiles
  6. Estad atentos a captar lo que necesitan, buscando la forma de satisfacer sus necesidades, más que las nuestras

¿Qué tal si para esas Navidades nos preparamos buscando el verdadero espíritu navideño?

¡FELIZ NAVIDAD y PRÓSPERO AÑO NUEVO!

 

 

 

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